Personas en situación de calle y animales de compañía

Personas en situación de calle y animales de compañía: vínculo, barreras y soluciones reales
Cuando abordamos el sinhogarismo, solemos fijarnos en la falta de vivienda, en la exclusión social o en la ausencia de ingresos. Sin embargo, con demasiada frecuencia dejamos fuera un elemento clave: la relación que muchas personas en situación de calle mantienen con sus animales de compañía. Y ese olvido no es menor. En España, la Encuesta a las Personas sin Hogar del INE cifró en 28.552 las personas usuarias de centros asistenciales de alojamiento y restauración en 2022, un 24,5 % más que en 2012; además, 7.277 habían pernoctado en espacios públicos o alojamientos de fortuna, y el 59,6 % presentaba algún síntoma depresivo.
Hablar de animales de compañía en este contexto no es un asunto secundario: es hablar de vínculos, de salud emocional, de acceso a recursos y, en muchos casos, de permanencia o salida de la calle.
A menudo se interpreta la presencia de un perro o un gato junto a una persona sin hogar como una contradicción. Desde fuera, todavía persiste la idea de que quien vive en la calle no debería tener un animal porque “bastante tiene con sobrevivir”. Pero esa lectura parte de un error de base: confunde precariedad con ausencia de afecto, y exclusión con incapacidad para cuidar.
La literatura académica sobre esta cuestión lleva años mostrando que el vínculo humano-animal, en situaciones de extrema vulnerabilidad, puede convertirse en una estructura de apoyo cotidiano tan importante como invisible para quienes no la viven.

Un vínculo afectivo que va mucho más allá de la compañía
Cuando analizamos esta relación con más detenimiento, vemos que no estamos ante una simple “mascota” en el sentido doméstico convencional. En un estudio abierto publicado por investigadoras de las universidades de Nottingham y Southampton, muchas personas entrevistadas describían a sus perros como familia, hijos, amigos o parte esencial de su vida emocional. El trabajo identifica, además, varios elementos especialmente relevantes: la idea del animal como “pariente”, el sentido de responsabilidad que genera, el miedo anticipado a perderlo y una narrativa de rescate mutuo, en la que la persona siente que salvó al animal, pero también que el animal la sostuvo a ella.
Esto es importante porque nos obliga a cambiar el marco. No estamos hablando solo de un apoyo emocional difuso, sino de una relación que ordena la vida diaria, refuerza la identidad personal y ayuda a mantener un mínimo de estabilidad afectiva en un contexto profundamente inestable. Para muchas personas en situación de calle, el animal no es un complemento de su vida: es una de las pocas relaciones continuas, fiables y no juzgadoras que conservan.
Desde esta perspectiva, el animal cumple funciones muy concretas:
- Reduce la sensación de soledad,
- aporta rutinas diarias,
- favorece la percepción de utilidad y responsabilidad,
- y puede actuar como anclaje emocional en momentos de ansiedad o desesperanza.
Algunas revisiones y organizaciones especializadas señalan también que muchas personas refieren que sus animales les dan una razón para seguir adelante, les animan a cuidarse más y les empujan a buscar ayuda sanitaria o social.
Por qué esta relación también tiene una dimensión social y práctica
Además, la responsabilidad de cuidar a otro ser vivo introduce una lógica de organización cotidiana. Hay que buscar agua, comida, descanso, atención veterinaria si es posible, y evitar situaciones de riesgo. Eso no elimina la dureza de vivir en la calle, pero sí desmonta una idea muy extendida: que las personas sin hogar viven al margen de toda obligación o compromiso. En muchos casos sucede justo lo contrario. La presencia del animal refuerza conductas de protección y autocontrol, precisamente porque existe alguien más a quien no quieren fallar.

El gran problema: cuando el sistema obliga a elegir entre un techo y el vínculo
El principal conflicto aparece cuando los recursos asistenciales no están preparados para admitir animales. En ese punto, lo que para la persona es un vínculo esencial pasa a convertirse, desde el punto de vista institucional, en una barrera de acceso. Y esta es la cuestión central: no es el animal el que genera la exclusión, sino un sistema de atención que sigue diseñándose como si ese vínculo no existiera.
La investigación lo ha descrito con bastante claridad. El estudio británico antes citado recoge testimonios de personas a las que se les negó el acceso a servicios precisamente porque no querían separarse de su perro. Las autoras concluyen que muchos participantes expresaban frustración porque los servicios de sinhogarismo no consideraban su relación con el animal como algo digno de preservarse.
Este punto suele malinterpretarse. Desde fuera, se formula como una “mala decisión”: rechazar una plaza por no separarse del animal. Pero en realidad hablamos de una elección forzada, creada por una oferta de recursos que no se adapta a la vida real de las personas a las que pretende atender.
Si una persona siente que dejar a su perro equivale a perder su principal vínculo afectivo, su fuente de seguridad o su única relación estable, entonces no estamos ante un simple “rechazo del recurso”, sino ante un problema de diseño institucional.